El espejo roto.
El espejo roto
Por Marta Dillon
La imposibilidad de nombrar siempre genera impotencia. Es como un
río oscuro que arrastra oportunidades de quitar de sí –del propio
cuerpo, del cuerpo social incluso– aquello que oprime porque no se
puede asir, delimitar su contorno, darle palabras para enfrentarlo. En
el día de ayer, mientras se sucedían los discursos y los votos a favor
de la destitución del ex jefe de Gobierno, esa sensación crecía. Tal
vez porque plantear antinomias tan perfectas entre golpistas y
defensores de las instituciones dejaba afuera la posibilidad de habitar
los grises, de encontrar un lugar en donde pararse sin recibir un tilde
demoledor; como si estar en contra de la destitución fuera estar en
contra del dolor de los familiares, de la seguridad de los hijos y las
hijas de todos y todas. Hubo muchas personas que se manifestaron, sin
embargo, sin dudar, en apoyo a Aníbal Ibarra. Y sin embargo no fue
suficiente el pronunciamiento para poner en palabras las razones que lo
sostenían. Es como si hubiéramos asistido al triunfo de una revancha.
Alguien tenía que caer, alguien tenía que pagar y eso pareció tener una
fuerza tan inexorable que no hubo dique que detuviera la corriente. Por
ese agujero negro que abrió Cromañón en el centro de la ciudad, en la
vida cotidiana, se escurrieron otras oportunidades: de revisar el modo
en que pensamos a las y los adolescentes, en qué decimos cuando decimos
inseguridad, en las responsabilidades colectivas. No tiene caso nombrar
otros casos en los que las culpas políticas salieron indemnes, como el
atentado a la AMIA, la explosión en Río Cuarto, los presos masacrados
el año pasado en el penal de Magdalena, los piqueteros muertos en
Puente Pueyrredón... No tiene caso, pero sin embargo vienen a la
memoria por la imposibilidad de nombrar esta desazón, esta sensación de
haber sido atropellados en la voluntad popular, incluso en la búsqueda
de justicia. Algo se jugó en la tarde de ayer que es como un espejo
roto de la sociedad que somos. A veces parece que nombrar
responsabilidades colectivas diluye la culpa de los ejecutores. Después
de la dictadura se pudo nombrar con relativa facilidad a “los
demonios”, se pudo juzgar, acotadamente, a los principales asesinos.
Pero todavía falta preguntarnos dónde estábamos cada uno de nosotros
mientras en los campos de concentración se torturaba, se violaba, se
asesinaba. Las distancias son inmensas, pero algo hay en el espejo, una
sombra: no somos capaces de mirarnos, antes que eso es mejor cortar
cabezas. Mientras al menos una ruede, los demás estaremos a salvo.
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